Convergencia, el nombre del nuevo ataque patronal

Desde 2009, la Naranja de Prensa viene advirtiendo sobre la iniciativa patronal de integración de redacciones, luego llamada “convergencia”, pero que todos estamos conociendo, más temprano que tarde, por sus frutos, es decir por la multitarea, la polivalencia o polifuncionalidad, la flexibilidad y la superexplotación laboral, y, en definitiva, los despidos.

Desde 2009, la Naranja de Prensa viene advirtiendo sobre la iniciativa patronal de integración de redacciones, luego llamada “convergencia”, pero que todos estamos conociendo, más temprano que tarde, por sus frutos, es decir por la multitarea, la polivalencia o polifuncionalidad, la flexibilidad y la superexplotación laboral, y, en definitiva, los despidos.

No se trata, de ninguna manera, ni de convergencia ni de “integración”. Estamos, en realidad, frente a un proceso de migración parcial de los trabajadores de los medios en soporte papel a las modalidades de trabajo de las punto.com periodísticas, donde históricamente las jornadas de trabajo han sido más extensas, donde impera el proceso continuo de producción de notas que se publican, con escasa elaboración en la mayoría de los casos, minuto a minuto, sin los “tiempos muertos” técnicos obligados por el proceso de elaboración.

Un proceso, el del “viejo papel”, en el que predominan, aunque en declive, la concepción, el planeamiento, la documentación, la búsqueda de fuentes y su confrontación, la confección del artículo y la acción convergente con editores, editores fotográficos, y reporteros, diagramadores, infógrafos e ilustradores para generar un producto final que el periodista aún parcialmente controla o sobre el que tiene cierta incidencia en todas sus fases o en buena parte de ellas.  La idea es dar vuelta como un guante los últimos vestigios de esa dinámica de trabajo y llevarse puestos al mismo tiempo convenio, estatutos y condiciones de trabajo de los trabajadores de prensa.Prueba de que esto será así es el violento ataque, con patotas e intento de liquidar la representación gremial en las empresas del Grupo Olmos, que se analiza en estas mismas páginas. O la textual de uno de los capos de la Redacción de Clarín ante la comisión interna: “No hay referencias convencionales” para este proceso.

El gremio, ante semejante avanzada, debe darse un debate profundo sobre cómo enfrentará unificadamente la ofensiva patronal disfrazada bajo los cantos de sirena de la innovación. No es tan simple como pedir una comunicación más transparente acerca de cómo se desenvolverá el proceso, ni es algo que se arregla con más “participación” o con algo más de dinero a cambio de que liquiden nuestro convenio. El dinero se deteriora con la inflación y la pérdida de conquistas se mantiene intacta con el paso del tiempo, o sea que se agravará con el consecuente desgaste de la fuerza de trabajo. Para la comunicación ya es tarde, estamos ante hechos consumados y nuestra “participación” en el proceso será, como siempre, de manera subordinada porque ninguna comunicación ni apertura alterará el esquema jerárquico que pone a los trabajadores en el último peldaño de la organización jerárquica al interior de la empresa.Es un problema estratégico y de supervivencia para ambos oponentes de la contienda. Se juegan cuestiones de fondo. Una manifestación de ello es que Clarín está destinando más avisos en gráfica, papel y radio para publicitar que “nuestros periodistas trabajan para todos los soportes” (¿a quién va dirigido el mensaje?) que las que gastó para pelearse con el Gobierno. Es decir que de la reyerta pasó a la pelea de fondo, es decir de clase.

La clave es que no hay convergencia. El objetivo es un sometimiento de los procesos de trabajo heredados del papel, que ya vienen moldeados por años de vaciamiento profesional,  descalificación de la tarea y desconocimiento de derechos y conquistas convencionales, a los procesos de trabajo en soporte digital, que arrancaron desde el vamos flexibilizados. Es que las redacciones punto.com llevan el ADN de las plantillas reducidas al extremo y de la multimedialidad pauperizada, en forma y contenido, porque es, o se pretende, sea ejecutada por un mismo trabajador que escribe, recorta fotos, audio y video, y planta y  carga datos.  Y luego saldrá disparado, munido de una cámara portátil, para grabar en video la entrevista que, además, deberá “bajar” cuando regrese a la redacción, lo que ya existe.

La multitarea, y no la multimedialidad,  puso al borde de la extinción distintos oficios como el de diagramador, fotógrafo, infografo, entre otros. Pero también conspira contra la calidad del producto, ya que resta tiempo para profundizar en los temas.  La sobre carga y multiplicidad de tareas, los bajos salarios y el maltrato conspiran “técnicamente” contra cualquier intento de investigar, mientras  que, lo que le resta al periodista de ganas de informar en profundidad se estrella, luego, contra los pactos de silencio de su patronal con gobiernos y corporaciones.

En condiciones de flexibilidad laboral la elaboración periodística es reemplazada por los inputs externos de documentos y producciones de fundaciones y consultoras privadas y organismos estatales que, no por casualidad, vienen ya listos para publicar. El arte de copiar y pegar. Es decir, una forma de tercerización del contenido.

La migración de un soporte a otro tiene, al ser a medias,  un doble efecto devastador sobre las condiciones de trabajo. Se trata de un doble ajuste y algo, mucho, más. La gente que pasa al online no es reemplazada en sus tareas en el papel, entre otras cosas porque nunca termina de irse del viejo soporte y, porque, además, absorbe dos dinámicas de trabajo y exigencias distintas. Produce sin cierre, o con cierre permanente, para el online, pero no se libera, en muchos casos, de las tensiones del cierre fijo y más o menos rígido del papel. Asume la condición de productor continúo de contenidos de factura veloz para una misma nota que estará permanentemente abierta a nuevas modificaciones, pero deberá seguir soportando la presión fija de sus jefes y patrones acerca de lo que “la competencia” dará mañana sobre el mismo tema. Velocidad y rigor, varios cierres y un cierre, trabajo a destajo y demanda de “exclusivas”, todo en el mismo combo. Lo peor de los códigos de cada soporte en una misma persona, no lo mejor.

No hay convergencia. Convergencia se produce cuando trabajadores de distintas competencias y especializaciones se asocian  cooperativamente para producir,  sin perder sus habilidades y destrezas, un producto que aproveche los aportes de cada oficio para realizar las potencialidades del nuevo soporte. Esto requiere de entornos laborales donde prime la democratización de las relaciones laborales y la horizontalidad en el debate para que la toma de decisiones de la dirección se apoye en la racionalidad del criterio elaborado colectivamente y no del capricho, la imposición o la arbitrariedad. Es decir no hay convergencia bajo el despotismo patronal.  No hay convergencia con las patotas en las redacciones de los Olmos ni con los abusos sistemáticos de la dirección de Clarín. La convergencia y el aprovechamiento de las potencialidades de las nuevas plataformas, exige, en cambio, el acortamiento de la jornada laboral, no su extensión.

El trabajo en negro, la violación del convenio, la descalificación, el maltrato,  van en dirección contraria a cualquier convergencia que sea vehículo para la sinergia entre saberes adquiridos y futuros con los nuevos instrumentos que ofrece la tecnología.

Las apelaciones a la “innovación”, a los “desafíos” de “nuevas formas de comunicación” son enunciaciones cínicas cuando provienen de las empresas periodísticas. Los plumíferos a sueldo de las patronales amontonan lugares comunes al lado de listarnos los nuevos aparatos que están en el mercado como vendedores ambulantes. Los trabajadores seríamos dinosaurios e idiotas que no miramos vidrieras. Quizá. Lo que no somos es fetichistas, que atribuimos a los instrumentos, software o nuevas plataformas poderes mágicos para, per sé, modificar las formas de comunicación.

No existe perspectiva de una nueva forma de comunicación al interior de empresas bajo el control de los monopolios capitalistas ni mucho menos avances en las formas de hacer periodismo bajo las restricciones que a la libertad de expresión estos monopolios imponen con el concurso del Estado. Las empresas capitalistas de comunicación atrasan la hora de formas  de  comunicación superior que brindan como posibilidad las nuevas tecnologías. La insubordinación de las redes sociales es apenas la punta del iceberg de un cuestionamiento más general hacia la gestión capitalista de la comunicación social.