El deber de no olvidar

Se cumplieron ayer nueve años de la masacre de Cromañón. Carla Ricciotti, una compañera del gremio de prensa y sobreviviente de aquella noche, escribió unas líneas para recordar a Luis Santana, trabajador de Crónica TV que perdió la vida el 30 de diciembre de 2004 junto a otras 193 personas. Desde La Naranja de Prensa compartimos aquí el texto y seguimos exigiendo justicia:

El deber de no olvidar

Se cumplieron ayer nueve años de la masacre de Cromañón. Carla Ricciotti, una compañera del gremio de prensa y sobreviviente de aquella noche, escribió unas líneas para recordar a Luis Santana, trabajador de Crónica TV que perdió la vida el 30 de diciembre de 2004 junto a otras 193 personas. Desde La Naranja de Prensa compartimos aquí el texto y seguimos exigiendo justicia:

El deber de no olvidar

“Luis Santana vivía en Monte Chingolo, en una casita que alquilaba cerca de sus padres. Trabajaba en “Crónica tv”, era redactor, de los que hacen las placas rojas o del color que amerite la situación. Estaba por recibirse de profesor de historia y estudiaba cine. Amaba el cine y la historia y el periodismo y todo lo que le permitiera soñar, expresarse. Le encantaba contar anecdotas de sus viajes a Bolivia y al Machu Pichu con monedas. Estar con sus amigos y reirse hasta las lágrimas. Quemar horas en las librerías de la avenida Corrientes y mirar los partidos de Boca.

Tanto le gustaba lo que estudiaba, ¡que iba en bici desde Chingolo al centro para sus clases!  También amaba la música, escucharla, ir a recitales. Llegaba fin de año y lo íbamos a pasar en casa de mi familia. Casi convivíamos en Once, a cinco cuadras de la plaza. Dijimos :¿vamos a ver a Callejeros? Compramos las entradas y fuimos. ¡Hacía tanto calor! Caminamos, sólo llevamos las entradas, algo de plata y las llaves de casa. Dejamos las ventanas abiertas y la compu prendida. Íbamos y volvíamos en un par de horas.

Pero nunca volvimos.

Llegamos sobre la hora, estaba lleno de gente y sólo pudimos ubicarnos en el primer piso para tratar de ver algo. Empezó la música y algo explotó. Prendieron la luz, miré para arriba y el techo, negro, se abría. Se apagó la luz. Nos agarramos de la mano y tratamos de ir al baño, pero no se podía respirar. Nunca llegamos al baño. Creo que hicimos tres o cuatro pasos nada más y Luis me dijo: “no aguanto mas”, y se cayó. Me agaché para tantearlo, estaba sentado en una esquinita de dos paredes. Lo abracé y me dormí con él.

No es fácil el recuerdo. Duele mucho y estoy sola.

Desperté un par de semanas después en el Hospital Fiorito, en terapia, con tubos que me salían por todos lados. Cuando empecé a comprender lo que había pasado, me dijeron que Luis estaba internado en otro hospital. Cuando me dieron de alta, me dijeron que en realidad había muerto esa noche, que no sabían quién me sacó o nos sacó, pero que él no sobrevivió.

Luis tenía un hijo, Fidel, en ese momento tenía 9 años. Tenía dos hermanos y una hermana. Tenía a sus padres. A sus cuñadas. En un minuto, todo cambió. Ya nadie más lo tenía a él. Al departamento volví casi un mes y medio después, sólo para poner las cosas en cajas y mudarme. Nunca más volví, no pude. 

Hoy ya casi no me quedan marcas físicas, las cirugías van arreglando esos detalles. La salud, bien, inflamación crónica en las vías respiratoria y un remedio de por vida. Lo de adentro se complica. No se encuentran respuestas y la Justicia a veces no es tan justa. Pero mis papás, mi hermana y los que me quieren pueden seguir abrazandome. A Luis, como a otras 193 personas, ya nadie las puede abrazar, ni besar, ni esperar a que entren por la puerta como lo hacían siempre.

La corrupción mata, los tiempos que necesita la justicia son mucho más largos que los de uno.

Sólo queda el deber de no olvidar y de hacer algo para que no se repita”.

Carla Ricciotti.